Owairan, el árabe que se hartó de que lo compararan con Maradona

El hombre creyó que todo era posible. Corrió creyendo, gambeteó creyendo, definió creyendo. Y entendió en un instante que era verdad aquella manifestación del escritor Juan Villoro: "En un Mundial, cinco segundos pueden durar para toda la vida". En ese puñadito de segundos, un futbolista sin apellido ni cara reconocibles puede transformarse en el mejor y en el más famoso de todos los cracks universales. Así sucedió en aquel ratito: fue el día en el que Saeed Al Owairan, un morocho flaquito y rapidísimo, jugó a ser Maradona, pero vestido con la camiseta de la Arabia de su nacimiento.


Aconteció el 29 de junio de 1994, durante el Mundial de los Estados Unidos. Arabia Saudita, dirigida por el argentino Jorge Solari, enfrentaba a Bélgica por la tercera fecha de la primera ronda. Los asiáticos necesitaban un triunfo para pasar a octavos de final. Iban cinco minutos y Al Owairan imaginó posible lo inverosímil y fue tras la epopeya fugaz: recorrió unos 70 metros en zig-zag con la pelota al pie, gambeteó a cinco belgas que miraban y corrían detrás sin poder creer, se enfrentó al arquero y, cuando estaban por derribarlo, definió cruzado. No había cualquier arquero enfrente: se trataba de Michel Preud'homme, quien en esa Copa del Mundo recibió el premio Lev Yashin al mejor en su puesto. Igual, fue gol.


Después Al Owairan abrió sus brazos, trotó mansamente, miró asombrado las tribunas del Robert Kennedy Stadium, de Washington, y escuchó el homenaje de esos miles de incrédulos desconocidos. Todos lo aplaudían. Ese año, también por semejante golazo, Al Owairan fue elegido como el mejor futbolista asiático. Usaba la camiseta con el 10 en la espalda. Con su gol a Bélgica -considerado el sexto mejor de la historia por la FIFA- demostró que no era casual el número. Desde entonces, claro, le dicen El Maradona del Golfo Pérsico.


La escena que sigue sucedió a mitad de camino entre este presente y aquel pasado lejano. Nació con una frase. "En el mundo árabe tenemos a nuestro propio Maradona. Ese que está ahí, el flaquito", decía Adnan, un joven que trabajaba como auxiliar de la FIFA en el centro de prensa de Dubai, en el Mundial Sub 20 de 2003. En la gigantografía que decoraba aquel espacio impecable, Owairan festejaba su gol inmenso, sonriente. Adnan no había nacido en Riyadh como el crack de la imagen. El era de Sharjah, en los Emiratos Arabes Unidos. Pero como casi todos en el Golfo Pérsico y su zona de influencia era un admirador del estupendo futbolista que los sauditas le habían mostrado al mundo.


Cuatro años después de la mágica participación, Owairan -El Rey del Desierto- disputó el último Mundial, en Francia. En una conferencia de prensa previa a la eliminación del seleccionado del que ya se había convertido en referente para siempre le preguntaron por su gol inmenso. No tenía la misma sonrisa que había exhibido ante todos en aquel festejo; lucía serio. "Vi ese gol más de mil veces. Ya me aburrí de él", expresó entonces. El hombre que había sido Maradona por un día quería volver a ser sencillamente Owairan...

Nota de Waldemar Iglesias para Clarin.com

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